La metempsicosis es la condena de un alma obligada a abandonar su carcasa mortal para encarnarse de nuevo en otro cuerpo —humano, animal o cualquier forma destinada a sufrir. Un ciclo implacable de muerte y retorno, donde la identidad se desangra en la eternidad.
La nueva obra de Bliss of Flesh desciende a las entrañas de este proceso siguiendo a un individuo que contempla, sin poder resistirse, el derrumbe absoluto de su existencia. La extinción gradual de sus cinco sentidos no solo corroe su cuerpo: abre un abismo interior donde la razón se fractura y la conciencia se retuerce en un estado febril, expulsándolo hacia un viaje introspectivo devastador a través de cada fase de pérdida, negación y duelo.
Con cada sentido que muere, una nueva percepción lo atormenta. Descubre un cuerpo ya deformado, un mundo que se pudre y se densifica hasta convertirse en un infierno palpable. Allí, los miedos se mezclan con la expectativa del vacío, revelando la verdad esencial: la vida no es luz ni propósito, sino una renovación perpetua que empuja, sin misericordia, hacia la muerte. Y la muerte, a su vez, es solo otra puerta abierta hacia un reino más desolado, más distorsionado, más hostil.
Entre la gloria marchita y la condenación absoluta, solo queda una certeza: el caos, voraz e inmutable, será su nuevo soberano.
Este álbum no es mera música: es un acto de Siḥr, una invocación en forma de sonido, un susurro de Magia Negra que despierta al Rey y a su esfera planetaria. Cada tema funciona como un sello abierto, una ofrenda ardiente a los fuegos de Samūm, donde los genios divinamente infernales aguardan para guiar o consumir las mentes de quienes se atreven a cruzar los umbrales velados del subconsciente.
Entre sus notas se ocultan fórmulas sonoras y versos velados que actúan como ritos menores de invocación, abriendo grietas hacia el abismo. Allí resuenan los nombres prohibidos: el ‘Ifrit, señor de las brasas invisibles; Ummu Sibyan, el nombre árabe de Lilith, madre de la carne y del extravío; los Ghūls famélicos, sombras devoradoras, y otras entidades de las legiones abisales, convocadas por el eco de cada acorde.
El álbum de Bathyum lanzado en 2018 se alza como una invocación de pura oscuridad, una obra que rechaza toda forma de luz y esperanza para hundir al oyente en un abismo espiritual. La producción, deliberadamente primitiva y sepulcral, envuelve cada pista en una atmósfera de muerte, como si cada sonido emanara desde antiguas criptas olvidadas. No hay concesiones, no hay modernidad: solo devoción absoluta al espíritu más frío, nihilista y blasfemo del black metal tradicional.
Las composiciones se desarrollan como rituales de autoaniquilación, arrastrando al oyente a través de frenéticos ataques de furia y pausas sombrías que evocan el eco de lo arcano. Las letras no se limitan a describir oscuridad: la encarnan. Suicidio, sangre derramada, entidades antiguas sedientas de culto y el retorno a los caminos paganos son presentados no como ficción, sino como verdad espiritual.
Este álbum no está hecho para el consumo casual: es una experiencia devocional destinada a quienes entienden el black metal como un acto de negación absoluta del mundo moderno. A pesar de haber sido concebida en 2018, esta obra podría pertenecer a cualquier época oscura de la historia, porque su esencia trasciende el tiempo. Bathyum no crea música: levanta un altar a la misantropía y al eterno reinado de la sombra.