Coronach entra directo a degüello. El cuarto álbum del escoces Hellripper es puro filo y gasolina, 44 minutos donde todo va al límite y nadie levanta el pie.
En Coronachno hay adornos innecesarios. Riffs que cortan como sierras, baterías desbocadas y una voz que suena como si estuviera invocando algo que mejor dejar dormir. Todo es rápido, sucio y jodidamente directo, pero con ese punto de control que separa el caos del dominio absoluto. No es solo velocidad por velocidad —es velocidad con intención, con mala leche.
Se nota que Hellripper está más suelto y con más hambre que nunca. Los temas entran como golpes, pero no se pisan entre sí: cada uno tiene su propio momento para brillar, aunque sea en medio del incendio. Hay cambios, hay dinámica, pero nunca pierden esa sensación de peligro constante.
Coronach suena a motor al rojo vivo, a carretera sin frenos, a noche larga y ritual pagano. No intenta ser elegante ni moderno: quiere ser violento, rápido y memorable. Y lo consigue.
DEMONSTRATION MMXXVI no es un debut: es una profanación abierta, un acto de violencia sonora sin redención. SULPHURIC DEITY emerge desde las cloacas más infectas del Black/Death/War Metal con un demo que no solo rechaza la luz, sino que la extermina sin piedad.
Desde el primer segundo, el sonido es una masa informe de destrucción: riffs desgarrados, disonantes y caóticos que se retuercen como carne en putrefacción; baterías que no marcan el tiempo, sino que ejecutan un bombardeo de guerra constante; y unas voces que no se cantan, se escupen como maldiciones arcaicas, como si cada palabra fuera un ritual de invocación prohibida. Aquí no hay producción “cruda” como estética: hay suciedad real, hay podredumbre, hay una sensación tangible de caos absoluto al borde de la desintegración.
El demo avanza como una ceremonia de aniquilación. Cada tema es un portal hacia una atmósfera sofocante, cargada de odio primigenio, blasfemia y un fervor apocalíptico que no busca ser comprendido, solo desatar destrucción. SULPHURIC DEITY no construye canciones: erige altares de guerra donde el ruido, la distorsión y la violencia se funden en una única entidad informe y devastadora.
DEMONSTRATION MMXXVI deja claro que esto no va de técnica ni de pulido, sino de intención: golpear, ensuciar y arrastrarte al barro. Es un demo que suena a sótano húmedo, a amplificador reventado y a rabia sin filtrar. Si entras aquí, ya sabes a lo que vienes.
Después de siete años Venom vuelve con Into Oblivion, un disco que suena exactamente como debe sonar un álbum de la banda: sucio, pesado y con ese filo de caos que siempre ha marcado su identidad. Tras Storm The Gates (2018), el trío liderado por Conrad 'Cronos' Lant regresa con un trabajo más compacto y con riffs más afilados, demostrando que aún tienen combustible de sobra para seguir escupiendo metal sin demasiadas concesiones.
El álbum reúne 13 temas que combinan el espíritu que la banda desarrolló en los años 80 con un enfoque ligeramente más actual en la composición. Sin abandonar su carácter crudo y directo, el disco introduce algunos matices más elaborados que aportan dinamismo sin diluir la esencia del grupo.
Desde el primer momento queda claro que aquí no hay lugar para experimentos innecesarios. Into Oblivion se mueve entre el speed metal más primitivo, la agresividad más macarra y ese halo oscuro que siempre ha acompañado al sonido de Venom. Como carta de presentación del trabajo, la banda lanzó el primer sencillo “Lay Down Your Soul”, un tema directo y contundente que resume bien el espíritu del disco, con riffs potentes y un estribillo diseñado para prender cualquier escenario.
La guitarra de Stuart 'Rage' Dixon sostiene buena parte del peso del álbum con riffs cortantes y solos que beben del metal clásico, siempre con ese toque salvaje que caracteriza al grupo. No hay virtuosismo gratuito: aquí lo que manda es el riff, la actitud y esa sensación constante de ataque frontal.
Otro de los aspectos más destacables es la producción. Sigue siendo cruda, pero más equilibrada que en algunos trabajos recientes, permitiendo que cada instrumento respire dentro de la mezcla. El bajo de Cronos, en particular, tiene una presencia muy marcada y añade un peso extra a muchas de las canciones.
Into Oblivion no intenta competir con los clásicos ni reinventar el sonido de Venom. Lo que ofrece es algo mucho más directo y honesto: un disco sólido, cargado de riffs y actitud, que demuestra que la banda sigue siendo capaz de entregar metal crudo y contundente después de más de cuatro décadas.
Las reservas en vinilo y CD incluyen además una fotocard exclusiva con las firmas de Cronos, Dante y Rage. Esta edición limitada solo puede conseguirse a través de la tienda online de Noise Records y estará disponible únicamente hasta agotar existencias.
The Calling Depths (Edición 15.º Aniversario, 2026) – Lvcifyre
Cuando Lvcifyre publicó The Calling Depths en 2011, no entregó simplemente un debut contundente dentro del blackened death metal; levantó una muralla sonora difícil de atravesar. Su propuesta era densa, casi claustrofóbica, pero lejos de ser caótica en exceso, escondía una construcción meticulosa bajo capas de distorsión y oscuridad ritual.
La reedición de 2026, de la mano de Dark Descent Records, no se limita a celebrar un aniversario: reivindica la vigencia del álbum. La remasterización realizada en Necromorbus Studio aporta una claridad que realza matices antes difuminados. Las guitarras disonantes ganan profundidad, la batería se percibe más definida y el conjunto respira sin perder esa suciedad opresiva que siempre fue su sello.
El resultado es una versión más nítida, pero igual de asfixiante. The Calling Depths sigue siendo un descenso incómodo y absorbente, y esta edición confirma que su oscuridad no era una moda pasajera, sino una declaración de intenciones que el tiempo no ha erosionado.
Con Precipice, LYCHGATE consolida su posición como una de las propuestas más intelectualmente ambiciosas y musicalmente desafiantes del metal extremo contemporáneo. Este cuarto álbum de larga duración eleva la energía cinética presentada en su EP de 2020, Also sprach Futura, transformándola en una obra de intensidad abrasiva, complejidad estructural y profundidad conceptual notables.
El disco se articula como una forma de metal extremo progresivo que parece colapsar sobre sí mismo: denso, retorcido y asfixiante. La banda expande su aproximación al avant-black/death metal mediante composiciones laberínticas que equilibran violencia y precisión, combinando una ejecución mecánica casi inhumana con una atmósfera de terror abstracto y alienación distópica.
A nivel instrumental, LYCHGATE despliega una arquitectura sonora excepcionalmente detallada. Riffs deudores de la fusión y el death metal técnico se entrelazan con solos angulosos y patrones rítmicos irregulares, formando estructuras melódicas disonantes que estallan en pasajes de brutalidad extrema. Estos momentos contrastan con secciones expansivas dominadas por teclados, donde afloran influencias de la música clásica y el jazz, reforzando una dinámica cambiante marcada por la tensión y la inestabilidad permanente.
Las voces, opresivas y claustrofóbicas, funcionan como un elemento narrativo más dentro del entramado compositivo, intensificando el carácter apocalíptico del álbum. Lejos de limitarse al virtuosismo técnico, la banda demuestra una comprensión madura del black metal vanguardista como lenguaje expresivo, capaz de transmitir inquietud, colapso y trascendencia.
En el plano conceptual, Precipice se construye a partir de una densa red de referencias literarias y filosóficas. Su eje principal se encuentra en La máquina se detiene (1909) de E. M. Forster, relato visionario sobre una humanidad recluida bajo tierra y completamente subordinada a una entidad tecnológica de carácter divino. A esta influencia se suman la alegoría de la caverna de Platón, Una historia de los días venideros de H. G. Wells y La tierra baldía de T. S. Eliot, configurando un discurso sobre decadencia, dependencia y deshumanización que permea cada capa del álbum.
Precipice no es una escucha complaciente ni inmediata. Exige atención, repetición y una inmersión total en su universo sonoro y conceptual. Sin embargo, para quienes buscan un metal extremo que trascienda la agresión superficial y se adentre en territorios verdaderamente artísticos, el nuevo trabajo de LYCHGATE se erige como una obra tan perturbadora como esencial.
Durante el pasado año 2025, GODKING descendió voluntariamente hacia la putrefacción espiritual para dar forma a su EP TRINITY OF RUIN, una obra gestada en el aislamiento, la hostilidad y la negación absoluta de la fe.
El trabajo quedó conformado por tres invocaciones sonoras, cada una erigida sobre los restos corruptos de las religiones abrahámicas —islam, judaísmo y cristianismo—, reducidas aquí a ceniza mediante una visión ritualista, herética y violentamente profanadora.
La apertura, Desecrate the Prophet's Corpse, actuó como un acto inaugural de sacrilegio, desgarrando el velo del dogma desde sus primeros acordes. Le siguió Burnt Offering, un pasaje de fuego y sacrificio donde la devoción fue consumida en llamas purificadoras, para finalmente cerrar con Christ the Deceiver, un manifiesto de odio teológico y negación total, pronunciado entre distorsiones abrasivas y atmósferas funerarias.
TRINITY OF RUIN fue liberado el 4 de enero de 2026, no como un simple lanzamiento, sino como un rito de demolición espiritual, donde el sonido se transformó en arma y la blasfemia en doctrina. Un testimonio de ruina, ceniza y silencio tras la caída de los dioses.
El final no espera. Wolfbastard pisa el acelerador hasta que el motor estalla en mil pedazos. Cuatro años después de la masacre absoluta de Hammer The Bastards, los engendros más violentos del underground de Manchester regresan con Satanic Scum Punks: una descarga de punk ultranihilista infectada por la rabia primitiva del black metal. Esto no es música para la reflexión; es un arma diseñada para la demolición. No hay pausas, no hay redención, no hay misericordia.
Desde el primer gruñido infecto de It’s Fucking Dark hasta el último vómito surgido de la cloaca, el disco avanza como una turba armada con botellas rotas. Cortes como Let The Bastards Burn, Hail Satan Kurwa y F.O.T.D. golpean con un odio purulento y una violencia frontal, mientras que Drink For Hell y Manic Street Creatures se lanzan de cabeza al abismo, sin frenos y sin salida. Satanic Scum Punks es ruido, veneno y desafío: la banda sonora de una sociedad podrida recibiendo, por fin, el castigo que merece.
Ahora, bajo el estandarte de Apocalyptic Witchcraft, Wolfbastard desata su plaga: inmundicia y amenaza propagándose como una infección terminal. Satanic Scum Punks se vomita sobre el mundo el 13 de marzo en vinilo splatter de edición limitada, CD digipak, casete y formato digital.
Sidious, una entidad blasfema surgida de las entrañas del black metal británico, regresa con su cuarto álbum de estudio, «Malefic Necropolis», cuyo lanzamiento está previsto para principios de 2026. Esta nueva obra es la continuación directa de «Blackest Insurrection» (2022) y representa un descenso aún más profundo hacia la oscuridad absoluta.
«Malefic Necropolis» es un álbum más cruel, más violento y más consciente de su propia maldad. La banda refuerza su identidad con composiciones más extensas y retorcidas, enriquecidas con interludios rituales, discursos profanos y atmósferas infernales que recuerdan a los grandes nombres del black metal británico —como Cradle of Filth o Hecate Enthroned— sin perder jamás su carácter propio ni diluir su esencia.
El disco se abre con una introducción mortuoria, densa y sofocante, que actúa como un portal hacia un paisaje sonoro de ruina y condenación. En cuestión de segundos, Sidious desata un aluvión de blast beats implacables que caen como una tormenta de fuego sobre el oyente. Las guitarras cortan como cuchillas oxidadas: rápidas, afiladas y cargadas de un peso malsano, alternando riffs salvajes con melodías negras y envolventes. El bajo ruge desde las profundidades, golpeando sin descanso junto a una batería despiadada, mecánica y brutal, concebida para aplastar cualquier resistencia. Las voces escupen odio puro, veneno y desprecio, variando entre alaridos demoníacos, coros espectrales y pasajes narrativos que intensifican la sensación de ritual y profanación.
Con «Malefic Necropolis», Sidious no solo reafirma su lugar dentro de la escena, sino que se erige como heredero legítimo de la tradición más oscura del black metal del Reino Unido. Este es un álbum feroz, opresivo y sin redención, impregnado de violencia sonora y una atmósfera de odio absoluto que satisfará a los oyentes más extremos.
Sin concesiones. Sin luz. Sin piedad.
Black metal de la vieja escuela, crudo, blasfemo y devastador.
Deconstructing Sequence emergió en 2012 en Taunton, Somerset (Reino Unido), concebida por Tiberius como un experimento sonoro destinado a trascender los límites del metal extremo. Junto a Morph, antiguo camarada en Northwail, el dúo emprendió una búsqueda hacia territorios más progresivos, disonantes y visionarios. Poco después, J. Nerexo (de Shadows Land) se unió como baterista, infundiendo una energía retorcida y violenta que consolidó la primera encarnación de la banda. De esta unión nacieron dos EPs y un álbum que marcaron el inicio de una travesía cósmica hacia lo desconocido.
El debut, Year One (2013), mezclado y masterizado por Arkadiusz “Aro” Jabłoński en Monroe Sound Studio, representó una declaración de independencia creativa: un portal abierto hacia una nueva era de exploración sonora. Su sucesor, Access Code (2014), acompañado por un video conceptual del visionario Costin Chioreanu (Twilight13Media), amplió el espectro visual y conceptual del proyecto. En 2018, Cosmic Progression: An Agonizing Journey Through the Oddities of Space —publicado por Via Nocturna— consagró a Deconstructing Sequence como una entidad única dentro del firmamento del metal extremo, aclamada por su audacia y su ruptura deliberada con toda convención.
Tras la reubicación de Tiberius en Szczecin, Polonia, el proyecto mutó una vez más. Con la partida de Morph, el baterista Dark Soul ingresó en 2018, insuflando una energía densa y ritualista. Entre 2022 y 2025, bajo la guía del productor Arkadiusz “Aro” Jabłoński, se materializó Tenebris Cosmicis Tempora: un trabajo grabado en Monroe Sound Studio, con las voces adicionales de Mazak y Adrian. En 2023, Immortal se unió como bajista permanente, seguido de Uruk como segundo guitarrista a finales de 2024, consolidando una formación férrea, lista para invocar su visión sobre los escenarios.
La banda desveló el pasado 07 de noviembre de 2025 su segundo álbum de larga duración Tenebris Cosmicis Tempora. Una espiral de oscuridad consciente, una amalgama entre la furia primitiva de Mayhem, la grandeza abismal de DHG y Emperor, y la profundidad onírica de Akhlys. Si el trabajo anterior exploraba la intersección entre death y post-metal, aquí la banda se disuelve y renace en una nueva forma: un organismo de black metal desquiciado, alienígena y totalmente liberado de la estructura humana.
El álbum narra una alegoría sobre la autodestrucción y la vanidad cósmica del hombre. Relata la travesía del último ser humano tras el ocaso de la Tierra, su ascenso hacia una divinidad corrupta, y su caída definitiva ante las fuerzas que creía dominar. Guiado por Lucifer y luego devorado por entidades sin nombre, presencia el colapso de la fe, del poder y del propósito. En su afán de recrear el universo, se convierte en el eco de la misma fuerza aniquiladora que lo engendró. Al final, solo el vacío permanece: un reflejo eterno de la imperfección humana, resonando en la nada.
Editado por Black Lion Records, el disco ya se encuentra disponible en CD y en todas las plataformas digitales y de streaming.
Ruingást se alza de entre las ruinas del tiempo como un espectro reencarnado, una emanación maldita del antiguo proyecto Cave Dweller, cuya voz quedó sepultada antes de desatar su verdadero poder.
Renacido bajo la sombra y el fuego, Blackwood, su único artífice, forja una visión de devastación sonora: una amalgama opresiva de black metal puro, violento y profano, entretejido con atmósferas fúnebres, resonancias espectrales y un death metal que emana desde las profundidades de la tumba.
Ruingást no busca ser escuchado, sino invocado. Cada composición es un pasaje hacia el horror onírico, una espiral descendente donde la carne se disuelve y solo el espíritu del abismo permanece vigilante.
El ojo del fin se ha abierto… y su mirada no conoce piedad.
El álbum de Bathyum lanzado en 2018 se alza como una invocación de pura oscuridad, una obra que rechaza toda forma de luz y esperanza para hundir al oyente en un abismo espiritual. La producción, deliberadamente primitiva y sepulcral, envuelve cada pista en una atmósfera de muerte, como si cada sonido emanara desde antiguas criptas olvidadas. No hay concesiones, no hay modernidad: solo devoción absoluta al espíritu más frío, nihilista y blasfemo del black metal tradicional.
Las composiciones se desarrollan como rituales de autoaniquilación, arrastrando al oyente a través de frenéticos ataques de furia y pausas sombrías que evocan el eco de lo arcano. Las letras no se limitan a describir oscuridad: la encarnan. Suicidio, sangre derramada, entidades antiguas sedientas de culto y el retorno a los caminos paganos son presentados no como ficción, sino como verdad espiritual.
Este álbum no está hecho para el consumo casual: es una experiencia devocional destinada a quienes entienden el black metal como un acto de negación absoluta del mundo moderno. A pesar de haber sido concebida en 2018, esta obra podría pertenecer a cualquier época oscura de la historia, porque su esencia trasciende el tiempo. Bathyum no crea música: levanta un altar a la misantropía y al eterno reinado de la sombra.